Aun cuando este ensayo tiene por cometido reflejar una experiencia personal, se me hace difícil escribir expresándome en primera persona. En este orden mundial neoliberal y capitalista que permite el genocidio en Palestina mientras los estados y los actores regionales e internacionales permanecen impasibles, el uso de la primera persona resulta absolutamente irrelevante. Durante décadas, el régimen sionista de colonialismo de asentamientos se centró en dividir a la colectividad palestina y cortar los vínculos que nos conforman como pueblo. Al rechazar tal orden mundial, así como el régimen sionista, se está preservando lo colectivo y lo que nos hace humanos, frente a las más desagradables manifestaciones de los tiempos modernos representadas en el genocidio por parte de Israel y la Nakba permanente de los palestinos y palestinas. Aclarado eso, el “yo” de este escrito no se trata en absoluto de un reconocimiento de mi experiencia personal en oposición al plural “nosotros”, dado que todo lo que yo soy y escribo es producto de lo colectivo y se debe al nosotros. Este artículo revela las reflexiones de una mujer palestina defensora de los derechos humanos – en ese orden – acerca de la violencia colonialista israelí de los tiempos recientes, y acerca de los desafíos y de aquello que nos mantiene firmes.
Yo trabajo para la unidad de derecho internacional de una organización palestina para los derechos humanos dedicada a la búsqueda de justicia y responsabilidades frente a la violencia colonialista de Israel sobre el pueblo palestino. A diario manejo testimonios de la población y sus experiencias bajo el régimen de apartheid de Israel que recopilan, en forma escrita, oral o visual, los colegas del equipo de investigación de campo que trabajan en Gaza y Cisjordania, incluida Jerusalén. Su tarea es recopilar información con fines de estudio, para casos jurídicos, mecanismos de responsabilización, publicaciones en línea y declaraciones y comunicados de prensa.
Bajo el régimen opresivo de Israel que se caracteriza por su impertérrita violencia y la imposición de
leyes draconianas, así como el uso de tácticas de vigilancia y piratería destinadas a silenciar toda voz opositora y a achicar los espacios humanitarios en Palestina de manera continuada, el abogar por los derechos de los palestinos y palestinas se va vuelto algo cada vez más difícil. Por ejemplo, en el caso de las organizaciones palestinas por los derechos humanos, Israel ha recurrido a leyes antiterrorismo para señalar a una serie de organizaciones como "terroristas" con el fin de desacreditarlas, lograr su desfinanciación y cortar por completo su actividad. Esto es parte de la mano dura que se aplica a cualquier tipo de movilización contra ese régimen represivo.
Al cabo de años de trabajo con material documental relativo a los crímenes israelíes y al sufrimiento del pueblo se aprende a desarrollar mecanismos propios de defensa para poder seguir trabajando con eso. No obstante, con el genocidio de Israel en Gaza que ya lleva 22 meses, sumado a los despiadados ataques continuados de militares y colonos en Cisjordania, no existe mecanismo de defensa para poder sobrellevar todo eso que pueda adormecer el sentimiento que nos envuelve cuando estamos ante los difíciles esfuerzos que el pueblo debe enfrentar sobre el propio terreno. El grado de dolor y sufrimiento que se detalla en los testimonios que recibimos trasmite el nivel de brutalidad y monstruosidad que se imprime a la planificación y ejecución de la campaña de exterminio de Israel, arraigada en el racismo contra los palestinos y la deshumanización que considera a ese pueblo como infrahumano. Las declaraciones de los oficiales israelíes y las acciones que llevan a cabo las fuerzas de ocupación israelíes (“IOF” por sus siglas en inglés) no dejan ninguna duda sobre la manera en que los israelíes perciben a los palestinos, ni sobre el hecho de que no existen limitaciones sobre el uso de la fuerza.
Israel también ejerce una pelea sicológica que apunta e impacta sobre los y las palestinas donde se encuentren, sea Gaza o en cualquier otra parte. También somos víctimas de la violencia sicológica de Israel quienes no estamos físicamente presentes en Gaza y luchamos por encontrar un sentido a la vida o una forma conmovedora de movilización, y seguimos con nuestras vidas por necesidad y tozudez mientras somos testigos de la destrucción de nuestro pueblo. En primer lugar debido al sentimiento de impotencia que el colonizador intenta infundir en nuestra mentalidad como fuerza invencible, y también por la exaltación de poderío orientada a marcar un ejemplo para quien ose desafiarlo. Esa táctica militar "sin miras de finalizar" ha llevado al pueblo palestino a una espiral de incertidumbres que tiene por objetivo despojarlo de sus ganas de vivir y destruir toda esperanza de liberación o hasta de sobrevivencia. En ese contexto, trabajar en relación con los derechos humanos en el terreno implica un costo en Palestina. Más allá de mi involucramiento y mi franqueza, y al igual que otros defensores de los derechos humanos, yo debo enfrentarme con un espacio de trabajo que se ve disminuido de manera permanente. Desde la niñez aprendemos que los palestinos y las palestinas viven una realidad diferente a la de los demás pueblos, y uno se termina acostumbrando a pasar por puestos de control militar israelíes y ser sometido a revisaciones, acosos y arrestos, y al lanzamiento de gases lacrimógenos y al sonido de los disparos. Heredamos un trauma de tal magnitud que, aunque se termine normalizando, va creciendo dentro nuestro y deja su efecto a largo plazo. También, y como mujeres, llevamos con nosotras una particular ansiedad y hacemos lo mejor que podemos mientras pensamos en nuestras familias y las de quienes nos rodean, que podrían tener que enfrentarse a alguna forma de vigilancia o intimidación por parte de las fuerzas de ocupación, o al rechazo de sus visas o permisos de residencia – en alusión a publicaciones del autor George Orwell acerca de la vigilancia gubernamental y las tiranías.
Las severas medidas de Israel sobre el espacio civil en Palestina y el entorno de vigilancia en el que crecí han tenido una fuerte incidencia en la manera en que realizo mi trabajo como defensora de los derechos humanos. Dado que viajar al exterior para promover la defensa pública implica arriesgarse a intensos interrogatorios en las fronteras, o a cosas peores, he restringido mi participación a espacios cerrados para evitar posibles repercusiones. Es así que elegí enfocarme en los testimonios de las personas y volcar mi energía en la elaboración de análisis jurídicos y la producción de documentos que articulen de la mejor manera, y den significado a la evidencia comprobada y a las experiencias de las personas ante la violencia colonialista israelí.
En esta era acelerada, y donde sea que uno se encuentre en el mundo, con un vistazo de apenas unos minutos en las redes sociales es posible encontrar una infinidad de noticias sobre Palestina. Sabemos el conteo actualizado de las muertes del genocidio en Gaza, y nos informamos sobre las tácticas de tortura más recientes que son aplicadas en las cárceles de Israel, o sobre el último desplazamiento forzoso de Jerusalén, y también acerca de la orden de demolición o confiscación en Cisjordania o la Palestina de 1948. Vemos imágenes en vivo de las fuerzas de ocupación israelíes destruyendo las vidas, sueños, historia, ciudades y campos de refugiados palestinos en Gaza y en Cisjordania, donde se rediseñan los espacios que alguna vez nos fueron comunes. Tanto para mí en particular, como para colegas y amigos, esto ha generado un temor al desplazamiento sostenido en el tiempo que ocupa nuestros pensamientos y se vuelve un tema repetido en nuestras pesadillas. Aunque sabemos que se trata de una táctica calculada de Israel, el grado traumático alcanza un nivel que llega a afectar el modo en que vivimos nuestras vidas – tanto en nuestros trabajos como en nuestros hogares – y la manera en la que planeamos nuestro futuro. Esta violencia colonialista y dominio cotidianos nos provocan una sensación general de ansiedad que exige un gran esfuerzo para poder controlarla.
Después de más de 22 meses de genocidio en los que el mundo le ha fallado a Gaza y al pueblo palestino, yo no toco el tema del dolor ni con colegas ni con amigos, ya que no existen espacios para poder procesarlo o hacer el luto de manera colectiva. Nos guardamos dentro la rabia, la frustración y los miedos. En parte hay una sensación de vergüenza por pensar que no tenemos derecho a hablar de estos sentimientos, tal vez debido a un sentido de "privilegio acompañado de responsabilidad" por el hecho de estar lejos de Gaza mientras nuestros amigos, familiares y colegas están teniendo que soportar un genocidio. A pesar de la violencia israelí que aparentemente no tiene parangón, nuestras experiencias colectivas ameritan ser consideradas, en primer lugar por nuestra condición de personas palestinas y también como defensores de los derechos humanos que analizan los daños sicológicos reales sobre nuestras vidas, nuestro sentido de identidad y nuestras esperanzas para el futuro.
En medio de la frustración y la sensación de impotencia a veces sobrellevamos la situación trabajando más, escribiendo más informes, presentando más casos y comprometiéndonos con más esfuerzos por la defensa. Para algunos de mis colegas esto ha resultado en un desgaste; en mi caso, he logrado encontrar fuerzas al amplificar las voces de los que están siendo silenciados por la complicidad del mundo frente al genocidio de Israel. Al enfocarme en las historias de aquellos que se encuentran en el territorio, y también en las realidades que trasmiten mis colegas desde allí, he logrado desafiar ese sentimiento constante de impotencia. Esto no surge de una ingenua creencia de que con eso se detendrán las bombas que caen sobre mi gente en Gaza o se impedirán los ataques de colonos sobre Cisjordania, sino que emana de la necesidad de permanecer en un estado de movilización constante, cualquiera sea su modo o forma. A pesar de que resulta profundamente traumático, el retrasmitir los testimonios de las personas es una manera de honrar tanto sus experiencias como los agotantes esfuerzos de colegas en el lugar por capturar y documentar las historias de la gente, mientras ellos mismos libran sus propias batallas frente al desplazamiento, los bombardeos, la inanición y deshidratación forzosas y las necesidades básicas que les son negadas.
Pasados casi dos años del genocidio imparable por parte de Israel, muchos avergüenzan al mundo por haberse vuelto cada vez más anestesiados frente a la desgracia palestina. En tanto eso se cumple desde que el mundo aceptó la Nakba continuada como norma para las y los palestinos, ¿qué hay de aquellos que insisten en rechazar esa realidad? En lo personal, mi trabajo se ha alimentado de las experiencias de la gente, y son ellas la razón por la que me niego a tornarme insensible a la brutalidad ejercida por Israel y a la imposición de una realidad basada en la subyugación de Palestina.
Desde Ahmad Manasra, Nora Ghaith, Shireen Abu Akleh, Hind Rajab, Nizar Banat, pasando por la destrucción de Iqrith y Lifta, la continuada desaparición de Masafer Yatta, la primera y la segunda Intifada, la angustia de los granjeros palestinos al ver sus cosechas arrancadas e incendiadas por los colonos, la detención de amigos, jóvenes y mayores, la matanza sistemática de figuras de liderazgo que jamás conocimos pero con las que hemos crecido, la conmoción de un padre al enterarse de que han sido asesinados su esposa y los mellizos recién nacidos a los que iba camino a inscribir en un registro, la valentía de nuestros médicos, maestros, rescatistas, ingenieros, periodistas y madres, hasta las últimas palabras de Refaat Radwan antes de ser asesinado por las fuerzas IOF en Gaza: “Madre, perdóname… este es el camino que elegí para ayudar a la gente,” algo que nos atormentará por décadas, al igual que la imagen del mártir Muhammad Al-Durra que nos persigue aún... Es en honor a mi gente y sus batallas, y por todas las historias contadas y no contadas, que debemos seguir adelante.
En esas palabras e imágenes de los testimonios hay fuerza, sufrimiento, frustración, indignación y un sentido decidido de sobrevivencia que pretendemos trasmitir y comunicar en los informes que escribimos, y en cada tarea que emprendemos abogando por la defensa. Al tener el control de nuestras historias en tanto pueblo con todas sus dimensiones ejercemos la representación y rechazamos ser las "víctimas perfectas" a los ojos del mundo. Es muy doloroso presenciar los momentos de sufrimiento más íntimos de las personas y ver cómo sus emociones arrasadoras son retrasmitidas al mundo cuando toda posibilidad de justicia y responsabilidad parece tan esquiva. Así lo expresó desde Gaza la traductora, escritora e investigadora palestina Alaa Alqaisi mientras sigue luchando contra el hambre: “Y aun así persisto. Hablo. Escribo. Porque el silencio sería una derrota más profunda. Los testimonios, aunque quebrados e inciertos, son lo único que aún tengo para ofrecer. Mantenerlos guardados dentro de mí haría que esta hambre terminara por consumir hasta la voz que la nombra.”
En este momento, mientras Israel elimina todo lo que es bello, nosotros luchamos por mantenernos humanos. Hay una parte de nuestra humanidad que jamás recuperaremos. Lo que sucede ahora nos perseguirá por siempre y sus efectos trascenderán las generaciones, no sólo para la población palestina sino también para todos quienes son testigos de esta monstruosidad. Siempre me pregunté por qué nuestros mayores, como mis abuelos, habiendo tenido que vivir en carne propia la eliminación y el desplazamiento forzoso durante la Nakba y desde entonces, eran personas tan serias y adustas. Nunca llegué a comprenderlo cabalmente hasta este genocidio actual que se perpetúa y que desafía la esencia de la humanidad. ¿Y qué ocurrirá con la generación actual y las siguientes, cuando lo que estamos viviendo es más atroz que la Nakba de 1948, según lo describe un anciano refugiado palestino en Gaza?
Frente a la continuada brutalidad de las fuerzas de ocupación de Israel que llevan a cabo el primer genocidio trasmitido en vivo por internet de la historia, con millones de violaciones, historias y sentimientos que son captados principalmente por las víctimas – que por momentos disponen de servicios de conexión a internet pero les son negadas las necesidades básicas para sobrevivir –, ¿cómo podemos asegurar que la verdad acerca de este genocidio no termina siendo tergiversada por quienes están en el poder, o no es enterrada bajo un manto de negación y complicidad? Israel se apropió de los archivos de Palestina durante la Nakba, y en este genocidio los centros educativos y de investigación de Gaza han sido un objetivo para Israel, al igual que los sitios culturales y patrimoniales y los Archivos Centrales, con miles de documentos históricos que en algunos casos se remontan a más de 150 años de antigüedad. En los testimonios que recolectamos, en las palabras que escribimos y en las experiencias que señalamos apuntamos a asegurar que el pueblo palestino pueda contar sus propias historias y documentar su realidad. Es responsabilidad compartida de todos nosotros defender las vivencias de los palestinos y las palestinas tal como ellos y ellas las relatan. Esto forma parte de la ética mientras somos testigos del genocidio colonizador de Israel y su violencia contra el pueblo palestino.
¿Qué lo llevó a Refaat a documentar sus momentos finales y hasta sus últimos deseos y du’a (plegarias)?
¿Por qué una madre se sentaría junto a nuestros investigadores en el campo para recordar cada uno de los momentos dolorosos vividos al perder a su recién nacido en las frías noches de invierno como desplazada en Gaza?
¿Qué es lo que impulsa a un hombre a relatar en detalle la manera en que las fuerzas de ocupación IOF lo violaron y le orinaron encima mientras lo apaleaban y lo insultaban?
¿Con qué motivo un palestino o una palestina hablaría, reaccionaría y se involucraría con un mundo que ha perdido toda dignidad y humanidad y que constantemente le pide que pruebe sus reclamos con hechos concretos y que comience por humanizar al colonizador antes de contar su propia historia?
Me hago estas preguntas cada vez que leo un testimonio o escribo un informe señalando experiencias de la gente palestina. En un mundo que ya ha perdido su rumbo, mi exclusiva motivación, además de mi único incentivo para sobreponerme a la sensación de ansiedad e impotencia, son las palabras y las experiencias de mi gente, tanto las que han sido contadas como las que no, junto a la esperanza de que la próxima generación se vuelva menos apática frente al sufrimiento de las personas y rinda honor a su sacrificio y su firmeza.
A pesar de la atrocidad de una máquina genocida, no deberíamos subestimar nuestras luchas sino pelear por que sean reconocidas y contextualizadas, y enfocar nuestro trabajo en lo colectivo. Cada esfuerzo en la lucha palestina es parte del mosaico de nuestro dolor y apremio compartidos, y la culpa siempre debe ubicarse en el perpetrador: el régimen sionista colonizador. Nada a la vista parece indicar algún cambio que nos aparte de la presente situación de máxima oscuridad. No obstante, debemos seguir creyendo que de alguna manera llegará el final, y que tanto derramamiento de sangre no habrá sido en vano. Si algo nos ha enseñado la historia es que, ante la violencia colonialista, el pueblo palestino sigue arraigado en su tierra.
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