En mi cultura se cuenta que i trongkon niyok, el cocotero, llegó a nosotros desde el cuerpo de una joven.

Hace muchos años, en Guåhan, la isla más grande de Låguas yan Gåni, vivía una familia saludable y feliz que tenía tres integrantes: la madre, una hábil tejedora; el padre, un respetado constructor de latte’ (pilares de piedra), y su encantadora hija, una joven comprometida con la aldea y la comunidad.

Un día, la joven enfermó gravemente. La sed la consumía y pedía una y otra vez el jugo de una fruta que no existía. Sus padres hicieron todo lo posible por salvarla, e incluso llamaron a los yo’åmte’ (sanadores), pero nada lograba mejorarla. Finalmente, la joven falleció. 

Los padres enterraron a su hija en lo alto de una colina cercana al pueblo. Llovió durante toda una semana después del entierro. Cuando el cielo por fin se despejó, la gente notó de inmediato que una planta extraña estaba creciendo en ese lugar.

Todos en la aldea fueron a ver qué ocurría. Encontraron un árbol alto, coronado por un paraguas de hojas verdes. Cuando los padres se acercaron, algo cayó desde lo alto y aterrizó a sus pies. Tenía una cáscara marrón oscura, cubierta de una especie de pelo. Vieron que se había partido al caer, y al abrirlo encontraron una pulpa blanca bañada en un agua fragante. ¡Era la fruta que su hija había pedido!

La gente probó el jugo refrescante y comenzó a usar la pulpa del fruto como alimento. Quemaban la cáscara como repelente de mosquitos, y el aceite servía para cocinar o para embellecer el cabello o la piel. Con las ramas trenzadas construían los techos de sus viviendas. Los padres pensaron qué hermoso era que esa planta generosa, que alimentaba a su gente, hubiera brotado de su hija.

Mis antepasados han velado por nuestras tierras ancestrales, Låguas yan Gåni, durante miles y miles de años. 

Mis antepasados han velado por nuestras tierras ancestrales, Låguas yan Gåni, durante miles y miles de años. Nosotros contamos historias como esta para recordarnos la responsabilidad que tenemos los unos con los otros, con nuestra tierra y con nuestra agua. Lo hacemos para reconectar con los valores y las formas de vida CHamoru.

Personalmente decidí compartir esta historia porque ilustra la sacralidad de las famalao’an (mujeres) en la cultura CHamoru. Hasta el día de hoy, los CHamorus, el pueblo indígena de Låguas yan Gåni, consideran a esta planta como el árbol de la vida. De manera semejante al trongkon niyok, nuestras famalao’an son vistas como seres generosos, resilientes e inquebrantables.

Somos una sociedad tradicionalmente matrilineal. Nuestros ancestros construyeron una civilización compleja en la que el poder y la herencia se transmitían a través de las mujeres. Las famalao’an no eran simples espectadoras del bienestar colectivo: eran quienes tomaban decisiones, guardaban y transmitían conocimientos, mediaban en los conflictos, componían poesía y daban vida. Y aunque las famalao’an como yo tenemos todavía gran influencia dentro de nuestras familias y comunidades, seguimos enfrentándonos al embate implacable y persistente del colonialismo.

Las famalao’an no eran simples espectadoras del bienestar colectivo: eran quienes tomaban decisiones, guardaban y transmitían conocimientos, mediaban en los conflictos, componían poesía y daban vida.

En el siglo XVI, los conquistadores españoles llegaron a Låguas yan Gåni y encontraron un pueblo pacífico y hospitalario. Sin embargo, su búsqueda de gloria y de Dios transformó ese encuentro en subyugación del manCHamoru. España se apoderó de las islas y estableció en Guåhan los primeros asentamientos cristianos en el Pacífico. Con violencia, impuso la patriarquía, la religión monoteísta y la heteronormatividad, arrancando de raíz los sistemas de conocimiento y las relaciones que los CHamoru mantenían con su mundo.

Las famalao’an fueron blanco directo de esta represión, porque su rol en la sociedad desafiaba el sistema patrilineal europeo que otorgaba poder absoluto a los hombres blancos. Los makåna siha (chamanes) y yo’åmte’, muchos de los cuales eran famalao’an CHamoru, fueron etiquetados como herejes con el fin de demonizar a los Chamoru y destruir su espiritualidad. Los españoles desmantelaron las normas sociales y culturales que empoderaban a las mujeres: la exploración sexual en los guma ulitao (casas de solteros), las costumbres de divorcio y los embarazos fuera del matrimonio fueron reprimidos y castigados.

España cedió Guåhan a Estados Unidos tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, sumiendo a los CHamoru en un nuevo régimen colonial. Mientras España se apoyaba en la cultura y la lengua CHamoru como medio para consolidar su dominio sobre la isla, Estados Unidos recurrió rápidamente a tácticas de asimilación destinadas a erradicar la identidad indígena. Los CHamoru eran golpeados por hablar su lengua materna en escuelas y espacios públicos. La práctica de las pattera, las parteras CHamoru, desapareció tras la instauración de un sistema de salud occidental en Guåhan. Las tierras indígenas, utilizadas durante generaciones para la agricultura y la ganadería, fueron arrebatadas para construir instalaciones militares estadounidenses, lo que destruyó los medios de sustento de los CHamoru.

En 1950, Guåhan se convirtió formalmente en un territorio “no incorporado” de Estados Unidos, un modo elegante de decir “colonia para siempre”. Este estatuto significaba que Guåhan y su gente quedaban bajo la soberanía declarada de Estados Unidos, sin posibilidad de integrarse jamás a la unión como un estado más. Los CHamoru nunca tuvieron voz ni voto sobre el tipo de relación que deseaban mantener con Estados Unidos.

Esta negación del derecho a decidir sobre asuntos que afectan a los CHamoru constituye una violación flagrante de los derechos humanos. Las Naciones Unidas reconocen que los pueblos colonizados tienen derecho a la autodeterminación, es decir, la capacidad plena de decidir su destino político. Guåhan sigue siendo uno de los 17 territorios no autónomos que quedan en el mundo. A pesar de que nuestra isla ha sido reconocida como territorio no autónomo, Estados Unidos continúa poniendo trabas a las iniciativas indígenas de concientizar y movilizar a la población para lograr un cambio de estatuto, y se nos sigue negando nuestra soberanía como pueblo.

No puedo hablar de los derechos humanos de los CHamoru sin mencionar los derechos de las mujeres. Nosotras conocemos el lenguaje de la violencia porque es el lenguaje que se ha impuesto sobre nuestras tierras, nuestras aguas, nuestra lengua, nuestra cultura y nuestros cuerpos. Ser mujer indígena en un régimen colonial significa enfrentarse a la opresión en múltiples niveles, una carga acumulativa que, tristemente, se pasa por alto o se ignora cuando se habla de descolonización y justicia social. Bajo ese peso abrumador, se pierden las historias que celebran la autonomía, la fuerza y el conocimiento de los CHamoru y de las famalao’an CHamoru.

 Ser mujer indígena en un régimen colonial significa enfrentarse a la opresión en múltiples niveles.

De niña, crecí en un entorno donde era normal ser considerada una propiedad: de las grandes potencias, de los hombres, de quienes eran más fuertes que yo. El hecho de que nuestros antepasados fueran forzados al silencio y a la sumisión deja heridas profundas en sus descendientes. 

Muchos CHamoru carecen de vivienda y enfrentan tasas de pobreza extremadamente altas como consecuencia directa del despojo de la tierra y de un sistema capitalista que privilegia a los ricos. A su vez, la pobreza se vincula con el acoso sexual. Las famalao’an CHamoru sufren desproporcionadamente violaciones y otras formas de violencia sexual, con demasiada frecuencia a manos de familiares y amigos. La explotación es un síntoma del colonialismo que ha marginado a los CHamoru y, de manera particular, a las famalao’an CHamoru.

Actualmente, un tercio de la isla está bajo el control del ejército de Estados Unidos. Las familias CHamoru sufren a menudo enfermedades crónicas y dolencias no transmisibles, que muchas atribuyen al “desarrollo” y al envenenamiento de la tierra y el agua por parte de los militares. Por ejemplo, la madre y las hermanas de mi padre padecieron distintos grados de cáncer de mama, que es la principal causa de muerte entre las mujeres CHamoru. 

En Guåhan, las famalao’an CHamoru son quienes enfrentan el mayor riesgo de mortalidad materna e infantil. Aunque aún no conocemos los números ni contamos con los datos completos, sabemos en lo más profundo de nuestro ser que la salud y el bienestar de nuestro pueblo y de las famalao’an están intrínsecamente unidos a la salud y el bienestar de nuestra tierra natal.

Casi el 90% de la población de Guåhan es católica. La presencia de la Iglesia a lo largo de los siglos ha moldeado la cultura CHamoru, fusionando elementos de la lengua y las costumbres indígenas con la fe. Esto ha contribuido a crear un entorno hostil para quienes abogan por la justicia reproductiva, un terreno fértil para que surja el estigma social en torno al sexo y al cuerpo. Habiendo asistido a una escuela secundaria católica solo para chicas, conozco muy bien las intensas presiones que la comunidad católica, en gran parte compuesta por CHamorus, ejerce sobre las mujeres y las niñas. De hecho, fueron estos estrictos valores de castidad, devoción y virtud los que utilizaron los españoles hace años para someter a las famalao’an CHamoru. 

La primacía de los valores y prácticas católicas – como el sacramento del matrimonio, que une al hombre y la mujer ante Dios – ha promovido una cultura de silencio frente a temas como la violencia doméstica, el aborto, la violación y otras formas de violencia sexual. Esto no significa que todos los CHamoru y otros residentes locales de fe católica sean cómplices del daño, pero desafiar las enseñanzas católicas apoyando el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos suele interpretarse como una amenaza de la cultura CHamoru.

Aunque el hogar debería significar seguridad, la llegada de miles de Marines estadounidenses – algunos de los cuales fueron expulsados de Ryukyu (Okinawa) por crímenes sexuales y comportamientos atroces contra la población local – amenaza con ponerlo todo en peligro en los próximos meses. Los CHamoru no hemos tenido ningún poder de decisión sobre lo que se llama la “expansión militar”, y nuestra comunidad vive con el temor constante de recibir a soldados que, a lo largo de la historia, han causado daño tanto a las personas como a los lugares donde se han asentado.

Durante más de 500 años, los relatos coloniales que se refieren a nuestra tierra y a la supuesta pequeñez, fragilidad e insignificancia de nuestro pueblo han transformado, sin duda, la manera en que los CHamoru nos vemos a nosotros mismos y cómo percibimos el valor y el papel de las famalao’an. A pesar de ello, las famalao’an CHamoru han estado siempre en la proa de la canoa, conduciéndonos hacia un futuro en el que los derechos no solo se proclaman, sino que también se hacen realidad.

Famalao’an CHamoru como Hope Álvarez Cristóbal, Laura Torres Souder, Rosa Palomo y Jill Benavente han estado al frente de los movimientos por la soberanía y el renacimiento cultural CHamoru desde sus comienzos, y su liderazgo continúa hasta hoy. Ellas y otras famalao’an CHamoru han puesto de relieve la compleja intersección entre clase, género y sexualidad en nuestras experiencias cotidianas. A principios de los años 2000, cuando comenzaron a circular los primeros rumores sobre la expansión militar, madres, hermanas e hijas CHamoru como Ann Marie Arceo, Therese Terlaje, Victoria-Lola León Guerrero y la actual gobernadora Lourdes León Guerrero se alzaron con fuerza y determinación para protestar contra la creciente presencia militar en Guåhan. Hoy en día, las famalao’an CHamoru ocupan posiciones visibles de liderazgo dentro del Gobierno, el mundo académico y las organizaciones comunitarias.

De aquí provengo: de un linaje de guardianes que trabajan con convicción para forjar un futuro más prometedor para Guåhan y su pueblo. 

De aquí provengo: de un linaje de guardianes que trabajan con convicción para forjar un futuro más prometedor para Guåhan y su pueblo. Mi labor en los espacios que defienden la autodeterminación CHamoru y la justicia reproductiva se basa en el trabajo de mis antepasados, quienes entendieron que los derechos CHamoru son inseparables de los derechos de las famalao’an CHamoru. En este camino, he comprendido que los conocimientos y aportes de las famalao’an CHamoru son frecuentemente ignorados, y que su lucha queda fuera de los debates sobre descolonización y soberanía. Sin embargo, todos debemos reconocer que la negación de nuestro derecho a la autodeterminación y la negación de nuestro derecho a vivir libres de violencia y discriminación están estrechamente vinculadas. Los derechos de los CHamoru son los derechos de las famalao’an CHamoru.

Es necesario escuchar a las mujeres indígenas de todo el mundo que luchan por sus derechos. Nosotras sabemos demasiado bien lo que se siente cuando se nos niegan los derechos. Sabemos que la violencia que sufre la tierra se replica en nuestros cuerpos. Sabemos que ellos ven nuestras tierras como un botín para conquistar. Sabemos que su deseo de erradicarnos nunca ha desaparecido.

Las famalao’an CHamoru no son ajenas a la resistencia frente a los intentos brutales de erradicarnos y silenciarnos. Sabemos por experiencia que la salud, la seguridad y la felicidad de las famalao’an CHamoru están profundamente vinculadas a la prosperidad de nuestro pueblo y de nuestra tierra, un esfuerzo que requerirá años de dedicación constante. 

Los trongon niyok siguen viviendo en mis islas ancestrales, generación tras generación. Al igual que las famalao’an CHamoru, ellos resisten: mesngon.

Add new comment

Plain text

  • Lines and paragraphs break automatically.
  • Allowed HTML tags: <br><p>