De copitas menstruales y otras tecnologías para nuestra autonomía

Animada por las múltiples historias de amor compartidas por muchas de mis queridas compañeras de vida, hace más o menos un año, decidí que era el momento de usar la copita menstrual. No es que no quisiera usarla desde antes, sólo que fue en ése preciso momento que sentí estar preparada para ello. Tuve la fortuna de que una de ellas (que es distribuidora de Lunacup) me regalara una para mi cumpleaños.

Mi nueva y flamante copita llegó por correo en una hermosa cajita, con una nota de buenos deseos, adentro de una bolsita negra muy chula, junto a una especie de manual que indicaba algunas sugerencias para su esterilización y mantenimiento. Cuando por fin llegó el momento de estrenarla estaba muy emocionada. ¡Finalmente dejaría de gastar un dineral en tampones!, que aun cuando son bien prácticos, representan una cantidad no menor de peligros para mi salud (¿quién no se ha espantado al leer “síndrome de shock tóxico”, como advertencia en la caja?), amén del tremendo impacto ambiental que tienen, derivado de su producción y desecho.

Total, en el segundo día de mi período, con un sangrado brutal y con grandes expectativas para disfrutar las bondades de tan increíble tecnología menstrual, herví la copa con agua de garrafón, en un pocillo cuyo uso sería exclusivo para dicho fin y me dispuse a ponérmela después de mi baño matutino.

Ya ahí, en la regadera, solas mi copa y yo, la vi un poco desafiante… De repente se me hizo muy grandota ¿cómo me la voy a meter?, pensé. Había visto un par de tutoriales que mostraban diversos dobleces para facilitar su inserción: que si en “u”, que si de flor, que si de triángulo, que si el taquito invertido, en fin… Muy dispuesta yo, abrí lo más que pude las piernas, sintiendo un cólico del terror y… ¡oh no!… No me entraba la mugre copita.

A los diez minutos de intentarlo con la “u”, hice otro tipo de doblez y otro y otro y nada… Me salí de la regadera, me puse de cuclillas junto al inodoro y nada, ya de plano me recosté en el suelo y nada; ya para ése momento estaba sudando copiosamente y comencé a sentir una frustración que sólo era acallada por el intenso dolor que me dio cuando medio me la metí. La copa ejercía una fuerte e incomodísima presión en mi vientre. Maldije mi incapacidad mientras me la quitaba y hasta lloré un poquito.

Al día siguiente lo intenté de nuevo, ahora sí me entró la bendita copa, ¡wuju!, pero no… Qué incómodo y qué dolor. Además, se me chorreaba la sangre por todos lados. “No”, pensé, “no puedo salir con esta cosa así”. Tal fue mi coraje, que incluso hice un post larguísimo que compartí en cierta red sobre mi imposibilidad para usarla, lanzando a mis contactas todas las preguntas que pasaron por mi mente en la media hora que estuve postrada en mi baño: ¿era acaso la única feminista del mundo, que, teniendo la posibilidad de adquirir una copa, con el chance de ver tutoriales, informada y demás, que no podía usarla?

Pues resultó que no, las mismas mujeres que la alababan, de repente me comenzaron a contar sus experiencias y las dificultades que tuvieron con ella en lo que se acostumbraban a usarla.

La mayoría de nosotras teníamos en promedio 15 años usando toallas sanitarias y/o tampones durante nuestros períodos, lo que implicaba no sólo un nuevo aprendizaje técnico en términos de saber cómo utilizarla, sino que además requería relacionarnos con nuestras cuerpas menstruantes desde otro lugar: reconocer nuestra anatomía, tocarla, identificar su forma, su textura, tocar nuestra sangre, sentir su olor, color, densidad y cantidad, y un largo etcétera.

Cuando me contaban, por ejemplo, cómo una de ellas entró en pánico y pidió una reunión de urgencia con su ginecóloga cuando no hubo poder humano que le permitiera relajar su suelo pélvico para poder sacársela o cómo otra de ellas era incapaz de limpiarla en un baño público porque le daba mucha vergüenza salir a los lavabos a enjuagarla, me pregunté: ¿por qué demonios no me dijeron esto también?, ¿por qué no cuentan la historia completa de que, para integrarla a mi vida, había todo un proceso de aprendizaje que en muchas ocasiones causa temor y pánico, pero que con el tiempo se le puede ir agarrando la onda, cada quien en su ritmo y modo? ¿Es acaso una obviedad preguntar esto? Pues resultó que no.

De todas formas, y como -afortunadamente- mi endometrio insistía en salir de mi cuerpo cada mes, yo continué usando los tampones, sin decirle nada a nadie. No vaya a ser que me quitaran puntos pokemón del feministómetro, punkitómetro y demás escalas activistas existentes, por elegir simplemente no usar la copa.

 

¿por qué no cuentan la historia completa de que, para integrarla a mi vida, había todo un proceso de aprendizaje que en muchas ocasiones causa temor y pánico, pero que con el tiempo se le puede ir agarrando la onda, cada quien en su ritmo y modo?

 

Hackfeminismo y nuestras seguridades

 

Hace un mes, después de un año de aquella experiencia, me replanteé usar la copa de nuevo. Por azares del destino, resulta que la compañera que me la había regalado, estuvo de visita en casa y me trajo otra, una más pequeña. Los astros se alinearon de tal forma, que justo ese día comenzó mi período y pude tener su asesoría y acompañamiento en todo momento. Finalmente, la copita entró, se quedó donde tenía que quedarse y sólo tuve un par de sacones de onda (¿no sienten una especie de “ligazo” cuando se abre la copa, sin decir agua va?), pero en general tuve una sensación de logro y felicidad.

Ahora bien ¿qué tiene que ver esto con el hackfeminismo y la seguridad digital? Pues todo. Al igual que la copa menstrual, el proceso de apropiación de las competencias técnicas, culturales, y hasta psicoafectivas necesarias que implica usar de una manera específica, en éste caso, las tecnologías digitales es muy similar. Todavía más, si dicho proceso se pretende trasladar más allá del entorno de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC).

Es verdad, no es ninguna novedad que, desde hace muchos años, mujeres de todo el mundo han señalado hasta el cansancio las ventajas, bondades y virtudes de tomar el control de nuestras opciones tecnológicas, sobre todo si lo hacemos desde una postura feminista y afín al software y la cultura libres. Todos discursos con los que de entrada estamos de acuerdo y de los cuales comprendemos sus profundas raíces políticas, económicas y culturales, pero que -a veces- nomás no ejecutamos o las hacemos a veces sí, a veces no; a ratos con alegría, a ratos maldiciendo nuestra -presunta- imposibilidad de poder comprender “x” o “y” sistema operativo.

Y entonces aparecen las contradicciones famosas, esas necias que tenemos nomás por el simple hecho de ser humanas. ¿Cómo es posible que, teniendo toda esa información a nuestro alcance, el chance de asistir a espacios donde -en la mayoría de los casos- sólo bastan unas cuantas horas y mucha disposición de aprender, acompañadas de geniales diosas del ordenador muchas de nosotras seguimos usando sistemas operativos, redes y demás artilugios privativos que sabemos son una amenaza constante? Y no sólo porque no son neutrales al género, sino porque generan y potencias múltiples formas de violencia contra nosotras.

Un buen día vas a un taller sobre software libre y seguridad digital, y te presentan el panorama terrorífico de cómo internet se ha convertido en un espacio monopolizado que capta toda la información que le damos al señor Gugul y al señor Zuckemberg, porque hay algo en el orden de sus plataformas que satisfacen necesidades tan básicas de conexión con nuestros seres queridos o por la practicidad de sus herramientas, que además nos las presentan en súper combo con stickers chulos incluidos. Y decides que no más. Que, de entrada, vas a sacar una cuenta de correo en Riseup; que vas a generar tu llave para cifrar; a despedirte del Feisbuc; a cambiar contraseñas, a ponerle Privacy Badger a tu recién instalado Mozilla, porque ya supiste que es mejor no usar Chrome, mientras piensas en cómo pudo ser posible que no lo hayas hecho antes.

Luego de unos días, te olvidas cómo usar la llave, no recuerdas la contraseña sofisticadísima del Riseup, vuelves a publicar en el Feisbuc y te da pena llevar tu computadora con Windows al hackerspace, mientras piensas que has fracasado terriblemente como activista y que hay en tu quehacer una incongruencia brutal e imperdonable. En el inter, te atraviesas con alguna de las diosas del ordenador y no le dices nada. Además, qué flojera tener que echarle nuestro drama ¿no?

 

Descubrir los procesos de apropiación de las tecnologías

Pasa el tiempo y el día a día que te exige rapidez, flexibilidad y acomodo expedito a sus formas, las del neoliberalismo, las del patriarcado; y decides, con todo y las ojeras, el cansancio y el fastidio en general por el impacto de todas las expresiones de estos sistemas de muerte y destrucción, que precarizan absolutamente todos los ámbitos de nuestras vidas, que ya estuvo suave, que hay que volverlo a hacer y así todas las veces que sea necesario.

Y descubres que tienes insertado hasta la médula todos los estereotipos posibles respecto a lo que una Mujer (con M mayúscula) puede o no hacer/deshacer respecto a las tecnologías todas. Sus procesos e infraestructuras. Y que muy probablemente las demás tuvieron que confrontar demonios similares y que algunas de nosotras somos más hábiles para unas cosas y tú para otras, y sientes una especie de alivio. Porque te das cuenta que no tienes, ni que hacerlo todo de sopetón, ni sola. Que al igual que con la copita, descubres que hay todo un proceso de apropiación y que cada una lo va integrando a su vida, en su modo y tiempo.

 

Y descubres que tienes insertado hasta la médula todos los estereotipos posibles respecto a lo que una Mujer (con M mayúscula) puede o no hacer/deshacer respecto a las tecnologías todas.

 

El único problema, que no es un problema chiquito, es que, por ejemplo, algunas de nosotras hicimos el compromiso explícito de mantenernos con vida en el Encuentro de Mujeres del Caracol de Morelia. Compromiso que suena muy fuerte, tomando en cuenta que reconocemos el mantenernos con vida como una necesidad, algo que se supondría no tendríamos que cuestionarnos todo el tiempo, pero que en un mundo que ha demostrado una y otra vez su desprecio hacia lo femenino y que hace escarnio de lo feminista, no suena tan exagerado.

 

Descifrar las implicaciones en lo económico, político, cultural y social

 

Entonces, si gran parte de nuestras interacciones, información, deseos y afectos pasan por estas vías, es también nuestra responsabilidad descifrar cómo funcionan, desde dónde se gestan, qué implicaciones concretas poseen en lo económico, político, cultural, social y ponernos bien al tiro para, primero, darles un uso que no nos represente más riesgos que los mínimos, esos que de plano no se pueden evitar, y comenzar a imaginar, generar, remixear y/o replantearnos otras, cuyo uso represente más alegrías que penas.

El asunto es que esto urge, urge con urgente urgencia; por todas las razones estructurales que no repetiré aquí y también porque no puede ser posible que, a estas alturas del partido, sigamos desgastando nuestras -de por sí- escazas energías vitales en ponernos, por un lado, la vara del feministómetro/hacktivistómetro de la que irremediablemente saldremos mal paradas. Por lo que yo misma, en este momento, recuerdo que justamente algo de lo que más me atrae del hacktivismo es que no se trata de un asumirse dentro de tal o cual identidad, sino el poner siempre por delante la práctica, el hacer. De darle prioridad al oficio de artesanas, con todo lo que esto implica. Dejando tal vez para ciertas coyunturas, ciertas políticas de la identidad, que en lo concreto han generado auténticos abismos entre nosotras.

 

No puede ser posible que, a estas alturas del partido, sigamos desgastando nuestras -de por sí- escasas energías vitales en ponernos, por un lado, la vara del feministómetro/hacktivistómetro de la que irremediablemente saldremos mal paradas

 

Y por el otro lado, dejar el tratar de convencer/explicar/evangelizar a los compañeros, de que no es ninguna necedad cuando elegimos propiciar y privilegiar encuentros, acompañamientos y espacios exclusivamente con otras mujeres.

Por ejemplo, hace poco, un hombre cercano, experto en el desarrollo de software, insistía en que le parecía innecesario el sufijo feminista en materia de TIC. Porque la neta, la neta, la neta, para él son neutrales, y que si las mujeres no se involucran más en las ingenierías, es porque no quieren.

También piensa que las situaciones de violencia contra las mujeres son casos atípicos de hombres enfermos, amén de las repetidas ocasiones que me aplicó el “not all men”… una persona querida sí, pero con la que nomás no puedo, ni quiero ya, seguir desgastándome en el tema.

Es por ello que no me cansaré de repetir que, no sólo urge nuestro tránsito al famoso Do It Yourself, sino que éste además debe ser en clave feminista, es decir un Do It Together, que no sólo nos acuerpa y aliviana en nuestros procesos biográficos específicos en tanto mujeres, sino que además es mucho más potente y, sobre todo, mucho más divertido.

 

 

 

Fernanda Briones

Participación en la inauguración del

HackLab Feminista “La Chinampa”

22 de septiembre de 2018, Tláhuac, CDMX